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Antonio Rodríguez-Insausti
(Profesor universitario) Psicólogo e investigador paranormal

lunes, 27 de septiembre de 2010

De monstruos humanos

¿Por qué nacen monstruos en la tierra? Por muchas causas, que son éstas: flaqueza de la virtud generante, o por mucha abundancia; por accidente en la matriz; por aprehensión eficaz y viva, y por constelación a influjo especial. Al menos, así lo afirmaba el doctor Ferrer de Brocaldino. Y es que este problema de los monstruos humanos preocupó extraordinariamente a nuestros antepasados que le buscaron multitud de explicaciones.
El padre Nieremberg afirma que “las causas físicas y naturales de los monstruos desfigurados son la concepción o confusión, sobra, o defecto del semen, descomposición o angustia de la madre, deformidad heredada, cópula ilegítima de diversos géneros o fuera del modo ordinario, demasiada lujuria; que así como suele ser causa de infecundidad, lo es a veces de debilidad del semen y, por consiguiente, de algún defecto en la criatura; y no es pequeña causa la imaginación y fantasía de los padres. Añaden algunos la fuerza de los astros en algún encuentro extraordinario.”
Como vemos, este tema brindaba un maravilloso e inagotable campo para el desarrollo de la fantasía humana. Por eso, dejando a un lado las estrafalarias descripciones y peregrinos dibujos que en las obras inmortales de Ambrosio Paré se encuentran, u omitiendo los discursos que sobre el tema de los malos engendros lucieron profesores de gran renombre, antecesores y contemporáneos del cirujano francés y cuyos apellidos llenarían mucho espacio, pasaremos directamente a indicar algunos conceptos que el fraile Fuente de la Peña, autor del ingenioso libro ‘El ente dilucidado’, consigna en época relativamente cercana -en la segunda mitad del siglo XVII-, un religioso asaz erudito contra cuyas argumentaciones e historias no podrá alegarse ser chocheces de la vetusta medicina o infantiles ilusiones de una ciencia en formación.
El reverendo padre, hombre de muchas letras y de espíritu invencionero, escribió un capítulo para dilucidar el tema siguiente: “¿Podría una mujer parir cada día del año siendo los fetos de nueve meses?” Por demás está decir que el autor de ‘El ente dilucidado’ resuelve afirmativamente la cuestión apoyándose en especiosos argumentos y alambicados distingos, y asegura que la condesa de Holanda y otras señoras demostraron, con su fecundidad, ser cierta la contestación que el fraile da a la duda, y añade que, aun cuando la matriz se cierra en el embarazo, no repugna, quede abierta, de suerte que ingrese la semilla del varón por el fervor de la nueva libido y que se alojen dentro del vientre trescientas sesenta y cinco criaturas que vayan saliendo a su debido tiempo; y como por otra parte la superfetación se admite y es frecuente en las liebres, ¿quién puede poner límite a este fenómeno?
Nieremberg refiere que Margarita, condesa de Holanda, dijo en una ocasión que “las mujeres que parían de una vez más de un hijo eran adúlteras y una le echó esta maldición, que pluguiese a Dios que ella pariese tantos como tiene el año. Cumpliólo Dios, para que no condenase tan severamente los partos doblados”.
La versión que da Torquemada de este mismo caso es todavía más bonita: en lugar de ser condesa de Holanda, lo es de Irlanda. Tuvo 366 hijos en un parto, (¡aquel año debía ser bisiesto!), muy pequeños, como ratones, y un obispo los bautizó en una bandeja en la iglesia. Entre los que los vieron estaba el emperador Carlos V.
No es lo dicho lo más curioso que en el citado libro se lee pertinente a obstetricia; en efecto, ahí van algunas noticias que llevan la aprobación del mencionado Fuente de la Peña: “La mujer puede concebir leones, elefantes, perros y marranos, según el doctor Reyes; Marcelo Donato afirma que una mujer parió un caballo pequeñito de legítima cópula de varón; según Plinio, una mujer llamada Alcippe dio al mundo un elefante, y según Delrio, otra parió un león, y todos estos casos sucedieron no por conmistión (“mezcla”) nefanda (“indigna”).” Aún dice más, y es el que el hombre puede engendrar y parir de sí mismo, lo cual se comprende admitiendo endróginos ocultos, esto es, individuos que tienen un sexo aparente y oculto o interno otro sexo; intenta probar la posibilidad del fenómeno, citando individuos que tuvieron la menstruación, según afirman Aquapendente, Aretro y Zacuto Lusitano; recordando a este efecto que en el año de 1354, según testimonio de Leonardo Bertrando Loth, en su libro ‘Resoluciones Teológicas’, un hombre llamado Luis Rooses padeció un tumor en el muslo que cada día iba en aumento, y después de nueve meses salió de la referida hinchazón, con gran asombro de los circunstantes, un niño vivo que fue bautizado y se llamó como su padre y murió dentro de breve tiempo. Después de este caso carecen de interés otras maravillas obstétricas acaecidas en la especie humana; pero aún son tortas y pan pintado todo cuanto el bueno del fraile nos dice comparado con lo que sigue, también sacado del peregrino libro: “El príncipe Rabastasio tenía diamantes preñados que parían otros diamantes; y, según testimonio de Manescal, una señora de la familia de los Luxemburgo tenía dos diamantes que parían en verano otras piedras iguales”.
Acerca de los hombres con flujo menstrual, ‘El Por Qué de Todas las Cosas’ nos ofrece una explicación: “¿Por qué muchos indios tienen flujo de menstrual? Porque se hacen con los alimentos que comen de complexión muy fría, engendran mucha sangre melancólica, que sólo la purga el flujo, o porque Dios los castigó con este accidente”. El mismo libro también nos explica el problema de los hermafroditas: “¿Por qué se engendran hermafroditas? Porque en los siete senos de la matriz de la mujer, el del medio, que es adonde se conciben, no tiene virtud eficaz para producir varón y la tiene superior para concebir hembra, con que hace un mixto de varón y hembra y concíbese hermafrodita. ¿Y por qué nacen siempre con ambos sexos de varón y mujer, y no con dos de hombre o dos de mujer? Porque hiciera en esto una cosa en vano la naturaleza y nada hace la naturaleza en vano. ¿Y por qué siempre se inclinan los hermafroditas al uso de varones? Porque apetece en ellos la naturaleza lo más perfecto. ¿Y por qué no engendran si usan de hembras? Porque tienen leve la virtud, y repartida de engendrar, y concebir, y están impotentes para uno y otro”. El libro no habla de los travestis y es una lástima.
Martín del Río, a quien el duque de Maura llama empedernido coleccionador de truculencias teológico-morales, narra esta anécdota escalofriante: “A una doncella que vivía recogida acometió el Enemigo transfigurado en Ángel de luz, y le vino a persuadir era igual a nuestra Señora; y que sólo le faltaba el concebir y parir quedando doncella. Un día, entre otros, que estaba preparándose para comulgar como solía, pidió a Dios le acabase de hacer aquella merced prometida. Estando así oyó una voz que le dijo: "Amada mía, ten buen ánimo; confía que serás preñada por obra de Dios". Tras estas palabras, se le apareció Satanás, como Ángel del Señor, y se ajuntó con ella y tuvo acceso. Vuelta la miserable a casa, empezó a echar de ver que le crecía la barriga. Estando de esta suerte la cuitada, descubrióse a un ciudadano rico y honrado de aquella ciudad y contóle la historia de su milagrosa preñez y suplicóle se sirviese que en un rincón secreto de su casa pudiese parir. El prudente ciudadano, aunque no creía la ficción ni tenía la revelación por buena, con todo, porque si la negaba su casa no fuese difamada, y porque no cayese el caso en bocas de herejes y se burlasen de la mujer y de nuestra fe, permitió aguardase el parto en su casa. Llegó la hora, y empezó la desventurada a ir con dolores, no de parto sino de muerte. Al fin parió, en vez de criatura humana, un gran montón de gusanos vellosos, de tan horrible figura que pasmaban a quien los miraba y echaban de sí tan horrible hedor que no lo podían sufrir. De donde se colige que, por su gran soberbia, le engañó el Padre de los Engaños, Satanás.” (Usandizaga, comentando este hecho, dice: "Es muy posible que este caso, como los embarazos múltiples del siglo XVI, se tratase de una mola vesicular.”)
El tema de las relaciones sexuales del demonio con seres humanos se trata, según los autores de la época, de un hecho innegable. El doctor Navarro afirma: “Este enemigo mortal suele tomar un cuerpo de hombre o mujer muerta, introducirse en él y tener acceso como hombre o mujer”. Dicho autor asevera que el demonio no puede gozar de propiedades fecundantes, pero sí que puede “tomar con gran sutileza semen a "carnali actu decisus" y con mucha presteza llevarlo caliente, de tal manera que los espíritus vitales no se disipen, con la quantidad y calidad necessaria, y en tiempo y razón que conviniese y engendrasse un hombre; pero el demonio no lo engendra sino el semen hominis”.
Como una muestra de pintoresca descripción de monstruos transcribo uno mencionado por Peramato utilizando la traducción del padre Nieremberg en su ‘Curiosa y oculta filosofía’: “En las Indias, año de 1573, nació un niño en forma de diablo; de la manera que suele aparecerse a algunos con boca, ojos, y orejas disformes y de horrible figura, en la frente dos cuernos, pelos largos, un cinto de carne doblado, con un pedazo también de carne pendiente del, a manera de bolso o zurrón, en la mano izquierda como una campanilla o sonajuela también de carne, al modo de aquellas con que los indios se convocan para sus bayles, los muslos armados con carne doblada y blanca. El muslo derecho con uno como cinto o corona redondeado. Nació este monstruo con esta figura de demonio por imaginación, y espanto que del tuvo la madre por aparecerse assí en los bayles de aquella gente.” (En la revista mexicana Sensaciones, del 31 de julio de 1951, pág. 39, aparece un reportaje muy interesante sobre el pez diablo, cuyas características corresponden exactamente a las aquí descritas. Sería posible que se tratase del mismo ser. El artículo en cuestión iba ilustrado con fotografías que avalan esta suposición.)
El cirujano Juan Fragoso refiere que una mujer llamada Margarita González, casada dos veces con dos tejedores, concibió de entrambos maridos ciento sesenta criaturas, pariendo muchas de una vez y muchas veces. Y en el Libro de Anatomía, de Montaña de Montserrate, se describe cómo una enferma expulsó por la boca huesos y carne humana en tal cantidad que se podría formar con ello una criatura, y dice que este fenómeno no puede tener otra explicación que los trozos del feto formado en el útero penetraron en la vena uterina, de aquí fueron a la cava para terminar pasando al estómago. (Fragoso refiere otro caso en que la eliminación fetal tuvo lugar por el recto.)
El doctor Marañón, en su libro sobre Feijoo, dice que dicho autor refiere varios casos relacionados con el hombre pez, en el que creía a pie juntillas: el descubierto en 1671 cerca de la Martinica, mitad hombre y mitad pez. El que vio en 1725 el bajel capitaneado por Oliver Morin, cerca de Brest; hombre perfecto, pero con aletas de pescado, de genio tan amoroso que quiso abalanzarse al mascarón de proa que figuraba una mujer, y tan grosero que exoneró el vientre vuelto de espaldas a la tripulación para hacer irrisión de ella. A la misma especie monstruosa pertenecen los casos referidos por el anónimo autor de los 'Caprices d'imagination', tales como el pescado con figura humana aparecido en el río Tachui, “en las extremidades del imperio rusiano”, y el hombre marino que vieron unos consejeros del rey de Dinamarca, caminando milagrosamente sobre las aguas, con un haz de hierba al hombro. Sigue el autor narrando casos de hombres pez o de prodigiosas aptitudes natatorias. Todo el capítulo es de un interés extraordinario para el amante de las anécdotas.
La historia del hombre pez que interesó a Feijoo fue la de Francisco Vega, joven nadador de inteligencia limitada y de instintos errabundos, gran nadador y que dio ocasión a gran cantidad de fábulas y consejas identificándole como un nuevo Peje Nicolao. Debido a su vida marítima estaba cubierto de escamas. Marañón explica el caso, demostrando que el tal Vega fue un cretino; por ello erró sin sentido por tierra o quizá por mar; tuvo escamas por padecer de ictiosis, común en los cretinos; y, por ello, nadaba con pericia y resistencia extraordinarias y se sumergía mucho más tiempo que los muchachos sanos de su edad. Lo demás, hasta dejarle convertido en el prodigioso hombre pez que popularizó Feijóo, lo hicieron los prejuicios y las supersticiones de la época.