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Antonio Rodríguez-Insausti
(Profesor universitario) Psicólogo e investigador paranormal

domingo, 29 de enero de 2012

El genio técnico de los antiguos

Muchos de los grandes descubrimientos y avances tecnológicos alcanzados por el hombre que consideramos conquista de nuestra época ya habían sido descubiertos hace muchos siglos, por eso no debemos subestimar el genio técnico de los antiguos, aunque tampoco hay que creer con ello que el hombre de siglos pasados nos igualara. En líneas generales sus realizaciones técnicas eran muy primitivas, y sus maravillas mecánicas, más o menos juguetes. Los relatos referentes a esta materia pertenecen casi siempre más a la leyenda que a la auténtica realidad.
Entre las informaciones que conviene acoger con el mayor escepticismo figuran las relativas a las primeras aeronaves, que si han existido hace siglos no pudieron ser movidas mecánicamente. Cinco siglos antes de nuestra era se mencionan ya “carros aéreos” utilizados con fines militares. Pero lo más sorprendente es lo que leemos en los viejos textos indios, según los cuales la guerra en aquel país se desarrolló desde la antigüedad según los métodos más modernos: “Desde las naves aéreas eran arrojadas sobre los ejércitos enemigos antorchas que estallaban al rebotar, provocando estragos considerables”. En estas antiguas descripciones hay también indicaciones sobre la construcción de “bombas antiguas”.
Con bastante asiduidad se atribuye erróneamente al monje alemán Berthold Schwarz (1310-1384) la invención de la pólvora. Se afirma así mismo que Roger Bacon (muerto en 1194) introdujo este explosivo en Europa mediante una fórmula inventada por los árabes. Se ha atribuido también su invención a los chinos. Todo lo que de cierto puede asegurarse a este respecto es que en el siglo XII se conocía una receta sobre la preparación de una mezcla de pólvora, redactada del siguiente modo: “Una parte de colofonia, una parte de azufre y seis partes de salitre; reducir a fino polvo y disolver la mezcla en aceite de lino o de laurel; poner en un tubo o en un trozo de madera hueca y prenderle fuego. El artefacto vuela inmediatamente en la dirección deseada y destruye todo con su fuego”. Una receta parecida, aunque posterior, da exactamente los componentes de la pólvora: salitre, azufre y carbón.
Los chinos imprimían desde el siglo XII con caracteres móviles. Los diferentes signos eran vaciados en una tierra especial y después cocidos. Por medio de unas bruzas se establecía un uniforme contacto entre el papel y los caracteres, tintados en color y fijados en un cuadro, y la impresión se hacía con sorprendente rapidez. En Corea, hacia el año 1145, se empleaban caracteres de cobre.
Se dice que los mexicanos y los indios habían fabricado, dos mil años antes de Jesucristo, hierro inoxidable. El proceso se ha perdido. En el patio del templo de Delhi, en la India, se levanta una columna de hierro, denominada Kutulo, que data de aproximadamente cuatro mil años y no presenta la menor señal de óxido. Tiene 18 metros de altura y un diámetro de 41 centímetros en la base y de 30 en la cima. Pero no sobresale del suelo más que 6'60 metros; está, pues, empotrada en la tierra en una longitud de 11'40 metros. Su peso es aproximadamente de 1.700 kilos. Aunque esta columna ha estado sometida a la intemperie ha permanecido intacta. Constituye indudablemente una curiosidad metalúrgica si se considera que está formada por muchas piezas de hierro perfectamente ajustadas, teniendo presente que en aquella época no existían martillos accionados mecánicamente. Hasta la Exposición Universal de París en 1885 era el más grande bloque de hierro del mundo. Los sabios que se ocupan en la investigación científica en el dominio de la metalurgia no han podido descubrir hasta el presente cómo los indios encontraron la fórmula. Exámenes más recientes han permitido comprobar que está formada por hierro puro. Es curioso que los objetos de hierro que datan de la Edad de Hierro se han conservado en buen estado, en tanto que los objetos del mismo metal más recientes son destruidos por el óxido con relativa rapidez. Eso es debido a que el “hierro antiguo” es puro, mientras que el de las épocas más recientes está fabricado con adición de otros productos. Tengamos también en cuenta que el gas y los vapores industriales contribuyen en gran parte, en la actualidad, a la formación de óxido, mientras que la columna se encontraba y se encuentra todavía rodeada de una atmósfera pura. Por otra parte los indígenas que acuden a visitar el santuario donde se halla esta columna se encaraman irrespetuosamente hasta la cima, y sus, cuerpos desnudos y grasientos contribuyen a conservarla brillante.
Los antiguos egipcios debían de poseer alguna fórmula que permitiera dar a los tejidos particular solidez y permanencia de tintes. Las telas tornasoladas que se encuentran en las pirámides hace más de cuatro mil años son hoy día no solamente fuertes, sino incluso flexibles. Por otra parte, las recetas egipcias de momificación se han perdido. Y únicamente en estos últimos años ha logrado la ciencia imitarlas y, tal vez, superarlas. El Antigua Egipto conocía también incubadoras capaces para setecientos huevos al unísono. Estos se colocaban sobre pequeños hogares calentados con estiércol o paja. La planificación económica, con reservas de víveres para las épocas de crisis, fue ya aplicada en Egipto. Existían “graneros” de trigo permanentes, y se conocían todas las técnicas comerciales vinculadas al negocio de los cereales: reservas agrícolas, seguros, etc. La política cerealista implicaba ya en el Antiguo Egipto la tabulación de precios.
Aristóteles utilizaba una pluma de acero, es decir, un trozo de metal tallado y agujereado como una pluma de pato. En las sepulturas romanas de Inglaterra se han encontrado plumas de bronce para escribir.
Los cirujanos de Alejandría utilizaban instrumentos de metal perfectamente adaptados a sus usos particulares. Ya en aquella época se operaban las cataratas de los ojos, se practicaba la operación cesárea, y se realizaban intervenciones en el cerebro. Precisamos a este propósito que el nombre de cesárea no viene, como se afirma ordinariamente, de que la madre del futuro emperador de los romanos fuera la primera en sufrir esta operación para dar a luz a su hijo. El apelativo de Caeso (caedo = yo corto) era frecuentemente empleado para denominar a los niños nacidos después de tal operación.
Herón describe de este modo el taxímetro del primer automóvil: “Con el odómetro (o podómetro) podemos medir el camino recorrido en el campo sin utilizar embarazosas cadenas o útiles de agrimensura. Permaneciendo confortablemente sentados en el auto la distancia recorrida es apreciada al medir el movimiento de las ruedas”. Añade a continuación que el camino efectuado podía ser indicado ya por una aguja que se desplazaba sobre un cuadrante o por el número de bolas que caían en un recipiente.
Los chinos conocían la brújula antes que los europeos la empleasen. Occidente debía descubrirla de nuevo. Este instrumento, largo tiempo desconocido, pareció a los hombres de la Edad Media algo tan maravilloso y lleno de misterio que creían, al igual que los antiguos chinos, que un espíritu lo habitaba. Los chinos cuentan el “carretón magnético” entre sus descubrimientos más antiguos. Era un pequeño vehículo provisto de una estatuita unida a una piedra magnética, y combinada de forma que su brazo extendido indicaba siempre la dirección Sur. Se utilizaba para los viajes a través de extensiones desérticas del interior. En el siglo IV, es decir, unos doscientos años después de la aparición de la “muñeca indicadora”, la aguja magnética era empleada por los navegantes chinos. En Europa la brújula permaneció desconocida hasta el siglo XII.
Los técnicos de Nerón le construyeron un ascensor que subía a la altura de cuarenta metros. Sus súbditos habitaban en Roma viviendas de lujo, muy parecidas a las de nuestras grandes ciudades. Los ricos conocían la calefacción central de suelos y paredes.
En Bizancio las termas construidas por el emperador Septimio Severo utilizaban un sistema para calentar los baños con ayuda de petróleo importado del Caspio en animales de carga. Esta calefacción con petróleo se empleó durante siglos, hasta que posteriormente cayó en olvido.
Platón imaginó un despertador. Combinó una clepsidra con un sifón, de forma que cuando el agua alcanzaba el límite de la palanca se precipitaba con fuerza en un recipiente cerrado, del que se escapaba el aire por un silbato, produciendo un sonido muy agudo. Con ayuda de este aparato Platón llamaba cada día a sus discípulos al trabajo a las cuatro de la mañana.
En Alejandría había columnas de anuncios, sobre las cuales se pegaban con goma los carteles oficiales. Los romanos utilizaban como carteleras de teatro gigantescas planchas de madera con letras pintadas en negro y rojo.
Tampoco los túneles son privativos de nuestra época, sino que existían ya en siglos muy pasados. El más antiguo del que nos habla la historia fue construido por orden de la reina Semíramis, en Babilonia. Pasaba bajo el Éufrates y unía sus dos palacios, bastante alejados el uno del otro; las paredes estaban revestidas de ladrillos unidos por un producto bituminoso. Puertas metálicas cerraban la entrada y la salida. Diodoro habla de esta realización maravillosa que fue ultimada en siete días.
Como se observa, el genio técnico de los antiguos estaba tremendamente desarrollado. Fueron capaces de construir monumentos maravillosos y de llevar a término conquistas notables, sin contar para ello con la ayuda de extraterrestres.

jueves, 26 de enero de 2012

Los pergaminos del mar Muerto

Muhammad adh-Dhib, un muchacho árabe de quince años que buscaba una cabra extraviada en una región desértica del noroeste del mar Muerto, observó una estrecha abertura en un acantilado. Se le ocurrió lanzar unas piedras por el hueco, y oyó que algo se rompía. Pensó entonces que bien pudiera tratarse de algún tesoro escondido y llamó a un amigo suyo, Ahmed Muhammad; juntos lograron introducirse por el hueco y se vieron en una cueva de ocho metros de longitud por dos de anchura. En el interior, y entre unos fragmentos de cerámica, descubrieron una serie de cilindros de barro, de sesenta centímetros de longitud. Con gran emoción, los chicos los abrieron, pero en lugar de oro y piedras preciosas solamente hallaron unos paquetes oscuros envueltos en tela que olían a humedad. Se trataba de once pergaminos fabricados con delgadas bandas de piel de oveja, cosidas entre sí y protegidas por cuero bastante deteriorado. Los pergaminos, cuya longitud oscilaba entre noventa centímetros y siete metros, presentaban en su anverso un texto escrito en hebreo antiguo. Los muchachos se llevaron una gran desilusión, pero consiguieron vender los fragmentos a un comerciante de Jerusalén a cambio de unas libras. Ocurrió en el año 1947. Y lo que los chicos habían descubierto resultó ser uno de los más grandes tesoros manuscritos: los pergaminos del mar Muerto.
A pesar de que un empleado del Departamento de Antigüedades de Palestina declaró que el hallazgo carecía de valor, el monasterio ortodoxo sirio de San Marcos compró cinco pergaminos al año siguiente por noventa mil libras esterlinas. Los seis restantes fueron adquiridos por la Universidad Hebrea de Jerusalén.
El doctor John Trever, que desempeñaba las funciones de director de la Escuela estadounidense de Investigación Oriental en Jerusalén, examinó los pergaminos y comprobó que se trataba del libro de Isaías, del Antiguo Testamento. Y por la forma de los caracteres pensó que los pergaminos eran anteriores a los tiempos de Jesucristo. Como no se conocía ningún libro del Antiguo Testamento escrito en hebreo, con antigüedad superior a 1.100 años, el descubrimiento resultó sorprendente.
El doctor William Albright, historiador y arqueólogo de la Universidad John Hupkins de los E.E.U.U., examinó fotografías del pergamino y fijó su antigüedad aproximadamente en el año 100 a. de J. C. Manifestó que se trataba de un hallazgo prodigioso, el más importante descubrimiento de manuscritos de los tiempos modernos.
Diversos arqueólogos y beduinos comenzaron a explorar los alrededores del mar Muerto, y para 1956 habían aparecido otras diez cuevas, con más pergaminos y documentos.
Numerosos expertos del Instituto de Estudios Nucleares de Chicago examinaron la tela que envolvía los primeros pergaminos encontrados, y establecieron su origen entre los años 167 antes de J. C. y 231 después de J. C. Y como los descubrimientos se sucedían, se puso de manifiesto que los manuscritos formaban parte de una gran biblioteca que, por algún motivo, había sido escondida en aquellos parajes desiertos.
Al excavar a menos de 550 metros de la primera cueva descubierta, aparecieron las ruinas de un monasterio conocido con el nombre de Khirbet Qumran, que en un tiempo albergó a una extraña secta religiosa. En la sala de escritura del edificio principal del monasterio se hallaron un vaso que contenía tinta seca y un recipiente de barro, idéntico a los cilindros descubiertos en la primera cueva. Parece ser que los miembros de la comunidad de Qumran ocultaron los documentos al acercarse la Legión Décima de Roma, que invadió el territorio en los años 68 o 70 después de J. C.
La mayoría de los documentos y fragmentos, algunos de los cuales no son mayores que un sello de correos, están escritos en hebreo. Otros lo están en arameo, que se cree es el idioma que habló Jesucristo; y unos pocos, en griego. Suponen más de quinientos libros, de los que cien corresponden al Antiguo Testamento. Además, contienen comentarios al Antiguo Testamento y textos que nos permiten conocer la vida y observancia de la comunidad del monasterio.
Según los documentos, la vida comunitaria en el monasterio resulta parecida a la de los esenios, secta mística judía que existió entre los años 125 antes de J. C. y 68 después de J. C.: sus miembros eran célibes y rechazaban los bienes mundanos. El historiador romano Plinio el Viejo dijo de ellos que habían establecido su sede al oeste del mar Muerto, precisamente en la región donde apareció el monasterio. Además, los pergaminos relativos al Antiguo Testamento suponen, para los estudiantes de estos temas, una importante fuente de información para un mayor conocimiento de la primera parte de la Biblia.
Ciertos pergaminos sirven para reconstruir la historia de la comunidad Qumran, y contienen referencias que algunos eruditos consideran de suma importancia, pues atrojan nueva luz sobre los comienzos del cristianismo. Mencionan un “Maestro del Bien”, cuyo nombre no se dice pero parece haber sido un inmediato precursor del Mesías. En tal caso, la alusión a San Juan Bautista sería bastante clara, ya que San Juan recorrió Judea preparando el camino de Cristo. Algunos expertos han pensado incluso que Cristo era esenio.
Pero los escribas de los pergaminos no mencionan el nombre de Jesús, por lo que no se sabe si para ellos era Jesús el Mesías que esperaban. Lo que los entendidos saben con seguridad a este respecto es que algunos fragmentos de los textos concuerdan perfectamente con ciertos pasajes de los Evangelios y de las Epístolas del Nuevo Testamento. Pero es posible y particularmente interesante que la doctrina predicada por Cristo no fuese inspirada por Dios, sino por un grupo innominado cuyos miembros vivieron y murieron en el viejo desierto de Galilea.

miércoles, 25 de enero de 2012

Y después de morir, al cielo o al infierno (desde tiempos inmemoriales)

Los opuestos conceptos de Infierno y Cielo han subyugado al hombre desde los más remotos tiempos. Todas las culturas comparten la expectativa de una felicidad y paz eternas para aquellos que han llevado una vida recta, e igualmente asignan perpetuos sufrimientos para los obradores de la maldad.
En la actualidad las descripciones clásicas del infierno y del cielo siguen cayendo en el tópico de siempre y prácticamente todo el mundo interpreta el conocido convencionalismo de niños alados, arpas y aureolas, etc... para el Cielo, así como la imagen de un infierno subterráneo y ardiente.
La creencia en la vida del más allá, pues, es un hecho universal, aunque nadie, evidentemente, conoce con exactitud lo que ello comporta. Así, con frecuencia, lo que el hombre imagina más allá del sepulcro está simplemente relacionado con sus deseos terrenales. Los pueblos del desierto esperan deliciosas fuentes; los guerreros vikingos, deseaban la compañía de sus héroes, etcétera.
La palabra 'paraíso' es de origen persa, pasando después a los griegos. Literalmente significa “tierra de los bienaventurados”. Designaba los jardines de palacio de los reyes persas, encerrados tras muros, y fue usada más tarde para aludir al Paraíso Terrenal o Jardín del Edén. Finalmente, los escritores del Nuevo Testamento lo aplicaron al Cielo, morada eterna de los cristianos bienaventurados. En casi todas las religiones y mitologías se halla situado en algún lugar del firmamento. Así, la religión védica del Indostán lo entendía como un reino de luz situado en los confines del cielo. Este Paraíso ofrecía la plena satisfacción de los deleites terrenos, “con música, cumplimiento de los deseos sexuales y ausencia de dolores y preocupaciones”.
El hinduismo tiene también su Paraíso por encima de las nubes, mientras el budismo muestra en el suyo diversos grados y lo sitúa en un cielo vago y no astronómico, más allá de la atmósfera. El cristianismo se inspiró abundantemente en las religiones hebrea y griega. Del judaísmo procede esa región del cielo donde habitan Dios y sus ángeles. Del helenismo tomó la idea del viaje espiritual. La idea de los siete cielos -siendo el séptimo y último la máxima felicidad- también es griega. El Elíseo era la morada de los bienaventurados en la mitología de los griegos. De ahí proceden los Campos Elíseos de los poetas que Homero coloca en el “confín del mundo”. Otros griegos eran más precisos y los situaban hacia el Atlántico, en una “fértil tierra que tres veces al año producía frutos dulces como la miel”.
La imagen escandinava del Valhalla, versión vikinga del Cielo, era menos placentera y así lo expresa Wagner en sus grandiosas óperas. En la mitología nórdica, el Valhalla era la mansión de los muertos. Se decía que el imponente palacio de Asgard tenía 450 puertas, tan enormes que podían entrar por cada una un frente de ochocientos guerreros muertos en combate. En su interior el dios Odín celebraba festines con los héroes que las Valkirias, sus servidoras, conducían al Valhalla. Estas cabalgaban radiantes en medio de las batallas y seleccionaban entre los muertos aquellos guerreros dignos de cenar con Odín. Pero la paz de los valientes era exigua, pues cuando los muertos llegaban al Valhalla debían reanudar diariamente la lucha. Cuantos caían en la lid eran resucitados para el banquete de la noche, con el dios de las batallas.
Miles de años antes de Cristo, la antigua filosofía china desarrolló una armoniosa concepción del orden natural. Existían muchos cielos diferentes a donde se dirigían los muertos para gozar en amable compañía. Los más importantes eran las Islas de los Bienaventurados, en los mares orientales, y el Paraíso de Occidente, situado donde se alzan las montañas del Turquestán. El universo se componía de dos elementos relativos, el Yang y el Yin. El Yang era lo positivo o masculino, y estaba representado por el calor, la actividad, la dureza, la claridad, la creación y la estabilidad. El Yin era lo negativo o femenino, y estaba representado por la humedad, el frío, lo pasivo, lo blando, lo misterioso, lo confuso y lo variable. La eterna cópula de ambos principios dio origen al Cielo y a la Tierra; en aquel predominaba Yang y en esta Yin. Mientras el dualismo de las demás filosofías -lo bueno y lo malo- se halla en eterno conflicto, el Yang y el Yin están invariablemente de acuerdo.
El taoísmo constituye el fundamento de la filosofía china. Es una "senda" o un "camino" y en la comprensión del Tao está el auténtico sentido de la vida. La unidad del Cielo y de la Tierra solamente es posible cuando el Tao sigue su curso natural. En un principio el taoísmo parecía pulsar resortes ocultos y mágicos y transportaba a las mentes a una tierra de ensueño.
La más joven de las grandes religiones, es también la más sencilla: adora al único y supremo Dios, y le invoca con el nombre de Alá. La palabra 'islam' significa "sumisión" a la voluntad de Dios. La palabra 'muslim' o musulmán significa "el que se somete". La religión islámica afirma que Dios es Alá y Mahoma el profeta por quien Alá se ha comunicado. Mahoma redactó los primeros capítulos del Corán, la "Biblia islámica", aunque no se sabe si el libro quedó terminado en vida del profeta. El Corán describe con vivos colores las delicias del Cielo. Ofrece jardines, fuentes, vino y hermosas vírgenes. Aquellos que son admitidos en él pueden beber el vino que les estuvo prohibido en la Tierra y mofarse incluso de los sufrimientos de los no creyentes.
Los budistas se apartan de la general creencia en el Paraíso. Ellos, y todos los seres vivos, están sujetos a innumerables ciclos de nacimiento, muerte y resurrección. El budismo, religión de los discípulos de Gautama Buddha, se esparció por el norte de la India en el siglo VI a. de J. C. y pretende enseñar al hombre la forma de librarse del sufrimiento de la vida. Solamente cuando el hombre se sobrepone a las ansias y deseos materiales puede alcanzar el Nirvana, estado en que se alcanza la paz absoluta. Sin embargo, en la China primitiva, en el Japón y en el Tíbet, existía una rama del budismo que creía en el "Gran Paraíso Occidental". Un antiguo texto que ha llegado hasta nosotros lo describe como "un lugar inundado de luz y brillantes joyas de valor incalculable... Buda se sienta en su trono de flor de loto, como sobre una montaña de oro, en medio de todas las excelencias y rodeado de sus santos".
El Infierno responde a diversas concepciones según las culturas, pero el judaísmo y el cristianismo lo presentan como terrible medio disuasorio para el pecador impenitente. Supone la amenaza de condena eterna, especialmente entre llamas, y se han descrito con viveza sus castigos como medio saludable contra la inmoralidad, el crimen y en definitiva para la salvación del cristiano. Los primeros cristianos aceptaron desde el principio la realidad del Infierno y en especial la existencia del tormento del fuego. Ello explica la difusión de las enseñanzas. El Apocalipsis de Pedro en el siglo II, que dice así: "Algunos condenados estaban colgados de la lengua: eran aquellos que habían blasfemado contra la justicia, y tenían bajo sus pies un fuego cuyas llamas les atormentaban... Y en otro lugar había piedras más afiladas que espadas, calentadas como ascuas de fuego, sobre las que hombres y mujeres cubiertos de harapos eran arrastrados con gran tormento... Junto a ellos había unas muchachas sin más vestido que las sombras, las cuales eran cruelmente castigadas y sus carnes desgarradas en pedazos. Son aquellas jóvenes que no supieron conservar su virginidad hasta el momento de ser otorgadas en matrimonio". Homero escribió con pesimismo una espantosa oscuridad a la que todos o casi todos los muertos debían ir. Era la morada del Hades, el dios de la muerte, que gobernaba, tal como se describe en La Ilíada, "odiosas estancias de podredumbre que llenan de horror a los propios dioses". Los griegos sentían tal horror de la muerte que incluso procuraban no nombrarla.
La Estigia, una laguna o río de la Arcadía, se convirtió en el río principal de ultratumba. Los muertos la cruzaban en la harca de Caronte, que cobraba por el pasaje una moneda, depositada por los parientes en la boca o en la mano del difunto. La descripción del Islam no es menos tenebrosa: el Infierno estaba "cubierto de fuego, barrido por vientos pestilentes e inundado de agua hirviendo".